La relación entre la lectura frecuente y la longevidad ha ganado sustento en la literatura científica reciente. Es que investigaciones desarrolladas por la Yale School of Public Health y otras instituciones reconocidas identificaron que las personas que mantienen el hábito de leer libros muestran una esperanza de vida hasta casi dos años superior en comparación con quienes no leen.
Este efecto, reportado en revistas especializadas y citado por medios como National Geographic y el Yale Alumni Magazine, no se limita al entretenimiento ni al refugio emocional, sino que sugiere un impacto tangible en la salud y el envejecimiento cerebral.
Un estudio longitudinal de la Yale School of Public Health siguió durante 12 años a 3.635 adultos mayores de 50 años. Los resultados, difundidos por Yale Alumni Magazine, revelaron que quienes leyeron libros de forma regular vivieron en promedio 23 meses más que quienes no lo hicieron.
Según la profesora Becca Levy, coautora del trabajo, el análisis controló factores como nivel educativo, salud, ingresos y estado civil, lo que permitió identificar que el acto de leer en sí mismo se asocia a una mayor supervivencia.
El mismo estudio estimó que las personas que leían al menos media hora diaria tenían una reducción del 20% en el riesgo de mortalidad durante el periodo de seguimiento.
Los autores sostienen que el beneficio no deriva solo de la lectura, sino de la profundidad del proceso cognitivo que implican los libros frente a otros formatos, como periódicos o revistas.
Según el equipo de Yale, “leer libros tiende a promover una ‘lectura profunda’, un proceso en el que el lector establece conexiones, explora aplicaciones y plantea preguntas sobre el contenido”.
Este tipo de involucramiento estimula habilidades como el razonamiento, la concentración y la inteligencia emocional, habilidades que, de acuerdo con los investigadores, se vinculan con una vida más larga. National Geographic también recogió estas conclusiones y subrayó el componente de “inmersión meditativa” que proporciona la lectura.
El fenómeno de la “reserva cognitiva” aparece como un elemento clave en la explicación de estos hallazgos. El concepto describe la capacidad del cerebro para resistir y compensar daños asociados al envejecimiento.
Según la profesora Elizabeth A. L. Stine-Morrow de la Universidad de Illinois, la lectura regular puede fortalecer esta reserva, lo que no implica prevenir enfermedades neurodegenerativas, pero sí un mejor desempeño cerebral ante su aparición.
En línea con esta idea, una investigación publicada en PMC sobre una muestra de adultos mayores en Taiwán mostró que la lectura frecuente, al menos una vez por semana, se asoció con una menor probabilidad de deterioro cognitivo durante más de una década, independientemente del nivel educativo.
El psicólogo Raymond Mar, de la Universidad de York en Canadá, señala que la lectura de ficción simula experiencias sociales. Según declaraciones recogidas por National Geographic, “el lector practica mentalmente relaciones, emociones y toma de perspectiva, lo que puede traducirse en mayor adaptación y resiliencia emocional”.
Esta simulación social resulta especialmente relevante en la vejez, cuando la soledad se reconoce como un factor de riesgo de mortalidad similar al tabaquismo o la obesidad.
Los expertos consultados por Yale Alumni Magazine afirman que los libros pueden actuar como compañía y, en el caso de los clubes de lectura, también como puente hacia la interacción social.
El estrés crónico representa otro riesgo para la salud y la longevidad. De acuerdo con National Geographic, la lectura permite alcanzar un estado mental concentrado y contemplativo que contribuye a la regulación del sistema nervioso.
En ese sentido, el estrés sostenido acelera el envejecimiento por vías como la inflamación y el deterioro del sueño, por lo que actividades que ayuden a regularlo, como la lectura, pueden sumarse a estrategias de bienestar.
En el ámbito de la memoria y la empatía, las investigaciones de Stine-Morrow han documentado que la lectura de novelas impulsa avances en la memoria de trabajo y la memoria a largo plazo en adultos mayores, superando incluso a otros ejercicios cognitivos como los pasatiempos verbales.
Por su parte, la lectura de ficción también se relaciona con mejores resultados en pruebas de reconocimiento emocional y empatía, al exponer al lector a perspectivas y emociones diversas.
Sobre los formatos, estudios como el publicado en The Journal of Neuroscience revelan que el cerebro procesa de forma similar las historias leídas y las escuchadas, lo que sugiere que los audiolibros también ofrecen beneficios comparables.
Estos pueden facilitar la integración de la lectura en rutinas activas, como caminar o hacer ejercicio, y ampliar las posibilidades de mantener el hábito.
Los especialistas coinciden en que la regularidad es el factor determinante: entre 10 y 30 minutos diarios de lectura pueden generar cambios a largo plazo en la salud cerebral y la calidad de vida, según los expertos citados por los medios anteriormente emocionados.
No existe un tipo de libro único ni un formato exclusivo: lo fundamental es sostener el hábito y ajustarlo a las preferencias individuales.
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