Si se decide ir al cine a ver la nueva película de Tom Cruise con Alejandro González Iñárritu sin antes haber leído o visto algo al respecto pueden pasar muchas cosas. A los pocos minutos es probable que se cuestione la veracidad de los paisajes, empiece a sentirse una incomodidad punzante en la narrativa y la puesta en escena y surja la necesidad imperiosa de descubrir qué está pasando: dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción.
Una vez que el espectador finalmente logra descifrar y asimilar el tono de Digger, descubre una comedia oscura e incisiva en la que Cruise sepulta de golpe al sexy Maverick de Top Gun para encarnar a un desagradable (por fuera y por dentro) magnate petrolero. Lo que queda en pantalla es oro puro a nivel interpretativo, un guion afilado como bisturí, una dirección de pulso firme y una propuesta fotográfica provocadora. Oro puro aunque, por momentos, la amargura del relato impida que brille con la calidez tradicional de las producciones comerciales. Y esto no quiere decir que vaya a gustarle a todo el mundo: mientras algunos espectadores no soportarán la incomodidad e intentarán abandonar la sala, otros soltarán la tensión para entregarse de lleno al cinismo devastador de la propuesta.
Lo que logran Cruise y Goodman es una cátedra de actuación digna de figurar en la temporada de premios. Dan lecciones magistrales e hilarantes sostenidas por la corrosivez y el dinamismo del libreto escrito por González Iñárritu junto a Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris Jr. y Sabina Berman (el mismo equipo creativo detrás de Birdman). El actor de Nacido el 4 de julio y Magnolia se erige nuevamente como un coloso interpretativo fuera de su zona de confort, mientras que Goodman compone una figura presidencial tan ridícula como aterradora dentro de la nación más poderosa del mundo.
Esta dupla descolla, pero la coralidad del elenco no se queda atrás. Las actuaciones de Jesse Plemons, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg y Sophie Wilde terminan por engranar una maquinaria donde ver al reparto completo resulta tan impactante como inquietante. Ninguno descuida un detalle; cada personaje suma a ese microcosmos de ambición.
En el apartado visual, la película vuelve a reunir a Iñárritu con el tres veces ganador del Oscar, Emmanuel “El Chivo” Lubezki. Su dirección de fotografía resulta clave para encuadrar la sátira: su cámara captura la majestuosidad y el colapso ecológico con una belleza estética turbia que amplifica el discurso. Con este empaque técnico, Digger explota en la mente del espectador generando múltiples capas de debate en el plano ético,
político, humano y ambiental.
González Iñárritu pudo haberse hecho esperar desde su regreso al cine en inglés, pero su retorno reafirma que su filmografía no se detiene en los hitos de Amores perros, Birdman o El renacido. El realizador mexicano vuelve para recordarle al público que su cine busca sacudir certezas y confrontarnos con la profunda incongruencia entre lo que decimos, pensamos y hacemos.
Esta producción huele a consideración de la Academia por donde se le mire. Si los estamentos de la industria actuaran con rigor artístico estricto, la cinta figuraría alto en las quinielas; sin embargo, como bien se sabe, la justicia suele representarse como una dama con los ojos vendados. Por lo pronto, la crítica especializada se debate entre el desconcierto y el aplauso dividiendo opiniones, pero la última palabra la tendrá la audiencia en las salas de cine, cuando el público decida si consume con gusto este trago amargo de verdad o termina dándole la espalda.
@yolilu
El Universal